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    » Etología | ArtículosConsejos

 
  • Etología: Introducción
  • Refuerzo positivo VS  Castigo

Colaboro con la protectora de valencia desde hace casi dos años prestando el servicio de etología. La etología es la ciencia que estudia el comportamiento espontáneo de los animales en su medio natural. Tiene por objeto la descripción y explicación de la conducta de cada especie. Como rama aplicada de la misma, mi trabajo como etólogo clínico, consiste, aparte de la prevención, en el diagnóstico y tratamiento de perros y gatos con conductas problemáticas que dificultan su convivencia con las personas. Se trata de una ciencia joven, con poca tradición en España, pero reconocida ampliamente en otros países.

La prevención es el mejor antídoto frente a la aparición de problemas de conducta; pero para poder prevenir es necesario que la gente aprenda cómo son y qué necesitan sus animales. En la educación y socialización del cachorro, y en general de cualquier edad, deberíamos desterrar falsos mitos y formas inapropiadas de manejo. “El perro te monta porque es muy dominante”, “restriega el hocico en la orina para que aprenda que hacerlo en casa no está bien”, “un buen castigo a tiempo ha sido efectivo porque no lo ha vuelto a hacer”, “mi perro sabe que hacer pipi en casa está mal porque cuando entro en casa y me ve retrocede”. ¿Te suena?. Todos ellos son ejemplos de falsas concepciones que deambulan por ahí en forma de consejos “bienintencionados”. Con las primeras señales deberíamos intervenir. No hacer nada o simplemente amoldarnos a los problemas es un error. Por ejemplo, no deberíamos permitir que los primeros gruñidos se conviertan en mordiscos, que la solución a la agresividad de mi perro con otros canes pase por evitar el contacto con todos ellos, o que toda la vida de mi perro el paseo sea un infierno porque siempre va tirando de la correa.

Más allá de la prevención, y una vez se es consciente de que hay algún problema, sin un buen diagnóstico no es posible un adecuado tratamiento. Normalmente en lo que se fija el propietario es en la conducta, pero casi siempre ésta es solo un síntoma de un problema subyacente; y es éste el que debería ser tratado. Orinar en casa es la conducta, pero lo que la motiva puede variar; bien porque el animal es demasiado joven, tiene un trastorno orgánico, no tiene los hábitos de eliminación bien establecidos, por un problema de ansiedad, o como forma de marcaje. En función de que la causa sea una u otra, el tratamiento es diferente. En otras ocasiones los propietarios perciben como problemáticas conductas normales como la coprofagia, el olfateo de eliminaciones de otros congéneres o el marcaje con orina.
Si el diagnóstico es acertado, el tratamiento será mucho más efectivo. Contamos con muchas herramientas que podemos emplear de forma conjunta. Partiendo de unas buenas pautas de manejo introducimos, en función del caso, psicofármacos y feromonas, obediencia y técnicas de modificación de conducta, castración, ejercicios específicos de manipulación, protección de recursos, etc. El tratamiento se realiza al perro, pero lo aplica la persona, por lo que centro mis esfuerzos en que el propietario aprenda.

En el trabajo diario con los perros, el punto de partida siempre es el respeto. Respeto porque no podemos olvidar que son seres vivos que, como tú o yo, sienten y sufren. El camino que sigo es el de una metodología basada en el refuerzo positivo en vez de en el castigo; con el convencimiento de que éste último sólo provoca miedo, agresividad y desconfianza, y con la convicción de que no tenemos derecho alguno a aplicarlo.

De mi colaboración con la protectora, el balance personal de este periodo es bastante satisfactorio, al saber que ayudo a algunos perros a mejorar su calidad de vida y a tener más posibilidades de ser adoptados; pero queda mucho por hacer.

Dos de las funciones primordiales de cualquier organización como ésta deben ser maximizar el bienestar de los animales y el éxito del proceso de adopción; y en ambos la etología clínica puede ser de gran utilidad.

Respecto al bienestar, está demostrado que los refugios son fuente de abundantes estresores ambientales. Aspectos como el hacinamiento, el ruido, el aislamiento social, la falta de estimulación física y mental, etc., provocan efectos indeseables como estrés crónico, miedo, fobias, ansiedad y estereotipias entre otros, que son síntomas de un bienestar claramente afectado. Actualmente el trabajo se está realizando con perros y nos estamos centrando en los casos más urgentes conforme van saliendo a la luz; pero deberíamos marcarnos como objetivo abarcar al mayor número de perros posible y sistematizar la forma de trabajar. Para ello sería necesario formar un grupo de terapia. Además se deberían introducir cambios a nivel de infraestructuras que permitan evitar tanto el aislamiento como el hacinamiento, crear zonas de esparcimiento, una pista de trabajo, etc. Todo ello permitiría plasmar en fichas individualizadas la valoración etológica de todos los animales, lo cual posibilitaría tratar los problemas detectados y elegir para cada familia el mejor ejemplar en función de sus características.

Respecto al éxito del proceso de adopción, habría que empezar analizando por qué se produce el abandono; y en este sentido, aunque hay muchos factores que influyen, numerosos estudios han constatado que la primera causa del mismo es la existencia de problemas de comportamiento. Es su condición de molestos y/o peligrosos lo que hace que se acabe tomando una decisión tan drástica. Por desgracia, la mayoría de la gente busca ayuda profesional cuando “está desesperada” y por tanto la relación con la mascota está muy deteriorada y el problema cronificado.

Actualmente, aunque la valoración etológica no se ha realizado y por tanto el conocimiento de los animales no es el deseable, sí se acaba de confeccionar un “formulario de preadopción” para ayudar a los trabajadores del centro a mejorar el proceso de elección, haciéndolo más racional, al considerar los deseos, circunstancias y necesidades de los adoptantes.

Una vez adoptado el mejor animal posible para una familia determinada, es importante centrarse en mejorar el conocimiento del adoptante sobre la mascota escogida (perro o gato), para conseguir que la relación entre ambos sea la mejor posible. En estos momentos la protectora ofrece de forma gratuita una charla informativa donde enseño a los adoptantes pautas de manejo y consejos útiles.

A todos nos une un mismo objetivo, y entre todos debemos alcanzarlo.

Al igual que los humanos, una de las formas que tienen los perros de aprender es a través de las consecuencias que siguen a su conducta. Un ejemplo sería cuando aprende a sentarse a la orden puesto que recibe una recompensa cada vez que obedece, o cuando aprende que no puede estar en el sofá porque se le riñe por subir.

Quizá debido a que nuestro sistema educativo ha estado basado históricamente en el castigo, la mayoría de la gente lo utiliza para educar a su perro; y ello pese a que existe un gran desconocimiento sobre qué es, cómo aplicarlo y qué consecuencias tiene, por lo que el resultado suele ser desastroso.

Teóricamente, el objeto del castigo es disminuir la probabilidad futura de la emisión de una conducta, bien mediante un estímulo aversivo (castigo positivo), bien mediante la ausencia de un estímulo apetitivo (castigo negativo). Por subirse al sofá, un ejemplo del primero sería gritarle o forzarle a bajar, y del segundo aislarle en otra habitación; siendo el objetivo en ambos casos que deje de subir al sofá en el futuro.

Además, se define por sus consecuencias en vez de por la intención de quien lo aplica, por lo que lo importante es la percepción del animal. Esto tiene importantes repercusiones prácticas ya que castigar a un cachorro, que es muy impresionable y carece de suficientes estrategias para asimilarlo, o a un perro sensible, miedoso o ansioso, puede tener graves consecuencias sobre su carácter y comportamiento futuros. Las formas de castigar son inagotables, aunque las más habituales son gritarle (nombre + “No”), desplazarle o forzarle físicamente, amenazarle con la mano o con objetos (un periódico, una zapatilla, etcétera), aislarle y pegarle.


En general, sus principales consecuencias negativas son una baja autoestima, estrés, miedo y desconfianza. Quien utiliza el castigo, aunque de forma inconsciente la mayoría de las veces, acaba abusando de su uso, y con ello menoscaba el bienestar del animal y genera numerosos problemas de conducta relacionados fundamentalmente con el miedo y la agresividad. Por ello deberíamos plantearnos si su empleo está moralmente justificado. A esto se une que habitualmente no somos coherentes ya que, en función del momento, castigamos o reforzamos una misma acción, con lo que el perro no tiene posibilidad de predecir las consecuencias de su comportamiento y aprender qué nos agrada. Unas veces le acariciamos cuando salta efusivamente porque nos encanta que se alegre tanto de vernos, mientras otras tantas le gritamos o forzamos a bajar para que no nos manche o no moleste a terceras personas; en ocasiones le damos comida de la mesa o le animamos a subir al sofá con nosotros, pero cuando tenemos visita en casa se lo impedimos. O incluso nos molesta que nos mordisquee pero habitualmente le incitamos a jugar con nuestras manos en vez de con sus juguetes. En el paseo manifestamos esa misma incoherencia cuando, estando el perro exaltado, le ponemos el collar y la correa o salimos a la calle, puesto que así no podemos alcanzar nuestro objetivo de pasear con calma. También cuando, para evitar que vaya tirando, unas veces le seguimos con tensión mientras otras le vamos corrigiendo con la correa. De esta forma lo único que conseguiremos es perpetuar la situación. Lo que deberíamos hacer es recompensarle siempre que ande con relajación, y desde luego nunca avanzar con tensión. Desgraciadamente, siempre resolvemos las situaciones problemáticas riñéndole, por lo que, al focalizar nuestra atención en lo negativo, cada vez encontramos más motivos para castigarle. De esta manera, entramos en un círculo vicioso peligroso que deteriora nuestro vínculo con él.

La mayor parte del tiempo la conducta del perro es buena a la vez que incompatible con algún comportamiento que nos gustaría erradicar, como por ejemplo, sentarse para saludarnos en vez de saltar, permanecer en silencio cuando oye un sonido en el exterior en vez de reaccionar ladrando, tumbarse en su camita mientras comemos en vez de pedirnos, etcétera; sin embargo, nunca reforzamos esos comportamientos que nos interesaría fomentar, mientras que los negativos siempre son castigados. Por ello, lo que el perro acaba recibiendo al final del día, todos los días, son sólo correcciones. Sin ánimo de antropomorfizar, imagina que nadie resalta las cosas que haces bien, y por el contrario, todas la veces que te equivocas te dicen que eres un inútil, no sirves para nada, te dan un azote y te niegan algo que te agrada porque no te lo mereces; ¿crecerías como persona?, ¿mejoraría tu comportamiento?. Si centráramos nuestros esfuerzos en premiar las acciones deseables de nuestras mascotas, indirectamente estaríamos haciendo desaparecer las que nos molestan, puesto que los perros sólo mantienen en su repertorio aquellas conductas que les son útiles; y además tendríamos un animal más equilibrado, confiado y alegre.

Cuando necesitemos corregir un comportamiento del perro, tendremos que canalizar la frustración que ello produce reforzando otro alternativo que nos resulte aceptable, logrando así que aprenda nuevas formas de actuar. Por ejemplo, si para quitarle la costumbre de saltar cuando nos saluda o cuando quiere captar nuestra atención le ignoramos siempre que lo hace, deberíamos hacerle caso cada vez que baje.

Además de abusar del castigo, solemos cometer dos tipos de errores. En ocasiones castigamos conductas que en realidad son positivas. En una situación prototípica, suelto al perro, le llamo, pero como tarda en responder, le riño cuando finalmente viene por no hacerlo cuando se lo he pedido, con lo cual cada vez vendrá menos. Otras veces recompensamos comportamientos que en realidad querríamos eliminar, como por ejemplo si acaricio al perro al saltar sobre mí o si le abro la puerta cuando la rasca o ladra para que le deje entrar. Actuando así estaré incentivando que cada vez salte, rasque y ladre más. Por tanto, deberíamos acostumbrarnos a plantearnos los efectos de nuestra intervención sobre la conducta.

La aplicación correcta del castigo precisa cuatro condiciones que casi nunca cumplimos, con lo que, además de injusto y contraproducente, suele resultar ineficaz.
En primer lugar, debe ser un estímulo “punitivo” para el animal, esto es, tiene que resultarle aversivo. Pero la intensidad debe ser la justa. Normalmente, cuando le reñimos, estamos enfadados y alterados por su mala conducta, por lo que solemos excedernos. Esto es especialmente así si atribuimos intencionalidad a su comportamiento. Ello sucede, por ejemplo, si al cogernos unos calcetines o hacer pipí en nuestra ausencia creemos que lo hace a propósito pese a saber que está mal hacerlo, y eso lo creemos porque en otras ocasiones ya le habíamos corregido por ello y porque al entrar en casa vemos que retrocede ante nuestra presencia. Pero en vez de en la conducta, que suele ser tan solo un síntoma, deberíamos centrarnos en su causa, ya que los motivos reales pueden ser muy diversos, como estar ansioso al quedarse solo o ser incapaz de controlar esfínteres. El que retroceda cuando regresamos es sólo porque anticipa una reprimenda.

En segundo lugar, conviene que el estímulo sea “breve”, es decir, que dure un instante; sin embargo solemos perseguirle por todo el pasillo aunque nos evite o no pare de emitir señales de apaciguamiento. Con ello corremos el riesgo de forzar al perro a defenderse de nosotros gruñendo o mordiéndonos cuando finalmente se vea acorralado.


En tercer lugar, es importante que utilicemos un estímulo “no señalado”, pero al ser nosotros quienes aplicamos la corrección directamente, acabamos convirtiéndonos en un estímulo señal que le anticipa dicho castigo. Hay que recordar que el perro no aprende nada sobre lo correcto e incorrecto de una acción, sino sobre las consecuencias que derivan de ella. De hecho, muchos de los comportamientos desagradables o molestos para nosotros son completamente normales en el perro, como olfatear e incluso lamer pipís, comer o revolcarse en excrementos, ladrar ante un sonido extraño, o morder a alguien que perciben como una amenaza.


Por último, el estímulo debería ser “inmediato” a la conducta, ya que una demora de tan solo unos segundos haría que estuviéramos castigando otra cosa. Siempre que, por ejemplo, le aislamos por su mal comportamiento, llegamos muy tarde. Pero no pensemos que si le pillamos in fraganti necesariamente lograremos erradicar la conducta; lo más probable es que la haga en nuestra ausencia, y que aprenda a no emitirla en nuestra presencia para evitar que le castiguemos.

Para intentar superar estas limitaciones se idearon sistemas de castigo indirecto como los collares de ultrasonidos, de descargas eléctricas o de sprays (de aire comprimido o de citronella) que, aunque en algunos casos pueden superar la eficacia de las formas de castigo directas, no evitan los efectos nocivos derivados de su aplicación, que en el caso de algunos perros pueden ser irreversibles.


En definitiva, además de una dudosa justificación moral, el empleo del castigo puede tener consecuencias negativas para el bienestar y el comportamiento futuro del animal, además de una reducida eficacia en el día a día, por lo que nunca deberíamos basar la educación de nuestro perro en él, especialmente en el caso de los cachorros y perros miedosos o sensibles, si no que habría que restringir su uso a una aplicación puntual por un profesional en los casos que lo requieran.

 
 
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