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FOBIA A LOS PETARDOS
Por Carlos Salvador Carroggio
SVPAP, 8/03/2010
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El miedo a un ruido inesperado o desconocido es una respuesta emocional adaptativa, proporcional a la intensidad del estímulo, cuya función es prevenir un posible daño; y si éste no se produce, el animal acaba habituándose al sonido. Sin embargo, cuando dicha respuesta es persistente y desproporcionada respecto a la intensidad y relevancia del estímulo, hablamos de una fobia que, al afectar al bienestar del perro, requiere tratamiento. La fobia a los petardos es la más común de todas.
Si no se trata, suele producirse una progresiva sensibilización tanto al sonido fóbico como a otros aspectos con los que coincida espacio-temporalmente, como pueden ser la estimulación luminosa en el caso de un castillo de fuegos artificiales, el humo propio de una mascletá, la lluvia si en ese instante estaba lloviendo, o los niños si era un niño quien lanzaba el petardo. Paralelamente, suele darse una generalización de la fobia a otro tipo de ruidos.
Aunque cualquier perro puede padecer una fobia, y en general suelen ser neofóbicos, se han descrito algunos factores de riesgo que incrementan la probabilidad de sufrirla. La heredabilidad genética del miedo es alta, por lo que es útil conocer el temperamento de los progenitores. Además, algunas tipologías o razas, como los perros pastores, son más reactivos a los ruidos. Los perros jóvenes y los de edad avanzada son más susceptibles de padecerla. En ocasiones, la respuesta emocional negativa derivada del dolor que experimenta un animal enfermo o herido puede quedar condicionada al estímulo fóbico. Una socialización deficiente con una variedad de sonidos durante los primeros meses de vida aumenta el grado de neofobia de adulto. Una experiencia traumática o un cúmulo de experiencias negativas, así como la presencia de otras fobias, también pueden incidir negativamente.
Cuando se expone a un perro al estímulo fóbico se desencadena la “respuesta de lucha o huída”, pudiendo observar una serie de síntomas, en su mayoría reflejo del estado de ansiedad, entre los que destacan: salivación, vómitos, diarrea, micción o defecación, temblores, piloerección, acciones repetitivas o conductas de desplazamiento, autolesiones, destructividad, vocalizaciones, intentos de escape o evitación, búsqueda de protección, conducta agresiva si se impide la respuesta de huída, aumento (acelera el paso o tira de la correa) o reducción (se bloquea o no quiere salir a la calle) brusco de la actividad locomotora, estado hipervigilante, dilatación de las pupilas y taquicardia.
Tanto las fallas como otras celebraciones festivas en las que los petardos son habituales, multiplican el riesgo de desarrollar una fobia o agravarla si ésta ya había sido diagnosticada; y ello porque al verse expuesto, en un contexto impredecible e incontrolable, a una intensidad y frecuencia del ruido excesivas, no es capaz de habituarse. Por eso, lo idóneo sería centrar los esfuerzos en la “prevención”:
- Exponiendo al cachorro a una variedad de sonidos durante el “Periodo de Socialización”, que abarca de las tres semanas a los tres meses, asegurándonos de que es una experiencia positiva que le permite familiarizarse con ellos. La exposición tendremos que hacerla de forma controlada y sistemática, graduando la frecuencia, distancia e intensidad del estímulo, con lo que lograremos que acabe percibiendo el sonido como algo neutro.
- En los perros de cualquier edad que, aun sin haberles detectado una fobia a ruidos,tengan una socialización escasa con sonidos, procediendo como con los cachorros.
- En aquellos casos en que el propietario sospeche que su perro puede padecer una fobia, diagnosticando el problema y aplicando un programa de tratamiento multicomponente, con el objetivo de lograr la habituación al estímulo en cuestión. Para que tenga éxito, tendremos que introducirlo una vez finalizado el periodo de mayor riesgo de exposición.
Mientras el estímulo fóbico está presente, como ocurre durante las fallas:
- Si es posible, alejaremos al perro, llevándolo temporalmente a un entorno que le resulte familiar y seguro. Una vez finalizadas las fiestas, deberíamos diseñar un programa sistemático de tratamiento.
-Si no es posible alejarlo, hay algunos aspectos que deberemos tener en cuenta:
- Procurar no dejar al perro solo en casa, especialmente cuando la intensidad de los petardos sea alta.
- Evitar una exposición directa a los petardos, por ejemplo durante una mascletá,reajustando los paseos a aquellos horarios en que sean menos probables.
- Crear barreras sonoras en casa, como poner música o dejar encendida la televisión,para reducir la perceptibilidad del ruido externo.
- Crear zonas en la casa (por ejemplo una habitación o su camita), lo más alejadas posible de los sonidos exteriores, que el perro identifique como espacios seguros donde resguardarse en caso de necesitarlo.
- Permitir que se proteja donde él elija; ya que suelen escoger hacerlo debajo de una mesa o en alguna habitación si están en casa. En el paseo es habitual que se escondan en nuestras piernas. Podemos animarle a salir de esos lugares pero no le obligaremos a hacerlo.
- No sujetar o bloquear manualmente al perro cuando intente evitar el estímulo fóbico puesto que podría reaccionar de manera agresiva para defenderse.
- No forzar al perro a permanecer en un sitio determinado (por ejemplo en un transporting o atado con una correa), como forma de acabar con los destrozos u otras conductas molestas; puesto que si lo hiciéramos, le estaríamos impidiendo la posibilidad de evitar el estímulo fóbico y por tanto agravaríamos la ansiedad, además de provocar una respuesta agresiva defensiva o que se autolesionara al intentar escapar.
- No castigar al perro por sus síntomas (vocalizaciones, destrozos, etcétera), pues no son más que un reflejo de su estado ansioso. Además de injusto e ineficaz, lo único que conseguiríamos es agravar el problema y propiciar una respuesta agresiva defensiva.
- No intentar calmarle mientras evidencie síntomas de malestar, ya que potenciaríamos su nivel de miedo y ansiedad. La mejor forma de ayudarle es estar tranquilos y evitar reaccionar con gritos o movimientos bruscos. Durante el paseo, la normalidad se la transmitiremos manteniendo la correa relajada (aunque siempre controlada).
- Fomentar, con caricias o comida, cualquier forma de respuesta aceptable ante el estímulo fóbico.
- No soltar al perro durante el paseo ya que, aunque suela ser obediente, el pánico producido por el sonido de un petardo podría hacerle huir sin control.
- Si podemos anticiparnos, evitar el estímulo fóbico separándonos de él todo lo posible;por ejemplo cambiándonos de acera si vemos a unos chicos tirando petardos por la que estamos paseando.
- Cuando no podamos anticiparnos; si la ansiedad es muy alta, le apartaremos del foco de ruido. En cambio, si el nivel de ansiedad no es muy elevado, evitaremos “huir” de él, marchándonos sólo cuando el perro esté relativamente tranquilo.
- Una exposición continuada a los petardos, al estresarle, puede volverlo más irritable,por lo que es recomendable aliviar dicho estrés mediante sesiones de masaje relajante.
- Introducir en casa feromonas apaciguadoras caninas sintéticas (DAP) puede disminuir la intensidad de los síntomas ansiosos, con la ventaja de que son inocuas.
- Remedios homeopáticos y sesiones de acupuntura aplicados por un profesional de la salud pueden ser buenos complementos.
- Administrar psicofármacos puede serle útil para sobrellevar el periodo más crítico;pero debe prescribirlos un veterinario ya que, además de que pueden tener efectos secundarios adversos, no son aplicables en todos los casos. [nota: el tratamiento de una fobia debe ser multicomponente y no es eficaz si se basa exclusivamente en psicofármacos. Debe incluir cuestiones de manejo, entrenamiento de obediencia y técnicas específicas de modificación de conducta].
Carlos Salvador Carroggio
Etólogo Clínico - 646523892
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